Autora: Andrea Garza
No hace mucho tiempo, hacia finales del siglo II a. C. y principios del siglo I a. C., los habitantes de Magdala comenzaron a demostrar que eran una sociedad bien organizada, tanto política como administrativamente. Su arquitectura y planificación urbana son prueba de ello, con un puerto bien estructurado que facilitaba las actividades de pesca, almacenamiento y transporte. Los edificios de la ciudad, como la sinagoga y los espacios rituales, presentaban un eficaz sistema de construcción e ingeniería diseñado para prevenir inundaciones durante la temporada de lluvias. Todo esto fue posible gracias a una economía que dependía de diversas actividades comerciales, industriales y agrícolas, que crecieron con el tiempo. Así, Magdala, también conocida como Taricheae en griego, se convirtió en una de las ciudades más prósperas a orillas del Mar de Galilea, un lugar tan significativo que el lago llegó a ser conocido como el Mar de Taricheae por algunos lugareños y viajeros, según los relatos de Plinio el Viejo (Plin. Nat. 5.71).
Con el desarrollo de las ciudades y pueblos de Galilea, el uso de monedas se generalizó y se volvió cada vez más importante para facilitar el comercio entre ciudades, el pago de servicios, impuestos, materiales y otros bienes. Esto no difiere de cómo pagamos los peajes al viajar de una región a otra hoy en día. Las monedas se convirtieron en una parte esencial de la economía, el comercio y la política de la región, representando no solo el dinero en las transacciones, sino también el control político de la época.
Las monedas que circulaban por las calles de Magdala durante el siglo I, cuando Jesús y sus apóstoles viajaban por Galilea a pie y en barco, eran principalmente monedas judías de bronce acuñadas en Jerusalén y Tiberíades.
Entre ellas se encontraban las acuñadas durante el reinado de Alejandro Janeo, un rey asmoneo que, aunque falleció en el 76 a. C., dejó monedas en circulación durante aproximadamente 100 años más. También circulaban monedas de Herodes el Grande, Agripa, Poncio Pilato y Antipas, esta última acuñada en Tiberíades. Con el paso de los años, a medida que cambiaban los gobiernos, también cambiaban las monedas.
En conclusión, Magdala destacó como una ciudad vibrante y bien organizada a orillas del Mar de Galilea, desde finales del período helenístico hasta finales del período romano. Su desarrollo urbano y económico, impulsado por un puerto que favoreció la pesca y el comercio, demuestra cómo sus habitantes supieron aprovechar al máximo su entorno y otras actividades. Las monedas que circulaban por sus calles facilitaban las transacciones diarias y reflejaban el poder político de la época. Todo ello convirtió a Magdala en un lugar próspero y animado, donde la historia dejó una huella importante que aún podemos descubrir a través de su arqueología.